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La cuerda

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Debía ser gruesa y de algodón trenzado, de esa manera tendría más resistencia y sería más suave al tacto. No quería terminar con el cuello enrojecido ni desgarrado como podía ocurrir con una de fibra plástica. Además, si tenía algún grado de elasticidad, corría el riesgo de que los pies tocaran el suelo y apareciera el instante de arrepentimiento y miedo que hiciera fracasar el objetivo.

Tenía la escalera para alcanzar la viga del cielo de la habitación de color gris de nubes, la silla en la que se encaramaría para dar el salto final y hasta el traje ya estaba limpio y planchado.

Pero la cuerda no había llegado a la única tienda del pueblo. La tenía encargada ya hace cuatro meses y cada semana cuando preguntaba, la respuesta era negativa.

 – ¿Llegó la cuerda que encargué?

 – Aún no. Pero llegaron estas tijeras podadoras alemanas, para jardinear con cortes de precisión.

El vendedor, un hombre de pelo cano y lentes encajados en la zona más baja de la nariz, miraba por sobre los espejuelos cada vez que llegaba Manuel. Acto seguido, escondía bajo el mostrador los diez metros de cuerda de algodón y con sus ojos inquietos buscaba rápidamente algo que ofrecerle a cambio de lo que su cliente venía a pedir. Un día algo para recrear la vista, otro para deleitar el olfato, alguno para acariciar el oído.

El jardín quedó hermoso. El rosal, podado con detalles de joyero, quedó desprovisto de espinas.

El ejercicio fue una exquisita distracción que por una semana le dio colores al telón oscuro de su vida, hasta el jueves que volvió a preguntar.

– ¿Ya llegó la cuerda?

– No hay novedades – respondió rápidamente el vendedor. Algunos pedidos están con retraso. Pero tengo la nueva línea de pinturas que están de moda. Y brochas de pelo de camello para los acabados.

La habitación de Manuel quedó de un azul cielo, perfectamente combinado con los cuadros de paredes y muebles.

Cada vez que volvía a preguntar por la cuerda, llegaba de vuelta con un producto distinto que hermoseaba su hogar y su vida. Las flores sonreían, la luz revoloteaba por la casa.

La silla y la viga seguían pacientes esperando en el mismo lugar.

Aquel jueves de invierno, Manuel traspasó el umbral del almacén y nadie lo miró por sobre los lentes. El vendedor estaba enfermo y lo reemplazaba la esposa del dueño.

– ¿Habrá llegado el encargo de diez metros de cuerda de algodón que encargué hace algunos meses?

– Déjeme ver – respondió la mujer, revisando a su alrededor. Debe ser la que está acá abajo. ¿va a llevar otra cosa?

Manuel no esperaba esa respuesta. Ya se había habituado a la negativa amable del vendedor de anteojos caídos que le esbozaba una sonrisa, lo engatusaba con su mirada gentil y le daba la mano al despedirse. Sí, le daba la mano tibia y le obsequiaba un “hasta luego”, un “nos vemos” o un “vuelva pronto”.

La vendedora envolvió la cuerda y esta vez le dijo “adiós”.

Al llegar a la casa, Manuel entró a la habitación con la cuerda en la mano izquierda y el corazón en la derecha. Miró la silla hacia abajo y luego con timidez elevó pupilas hacia la viga.

Tomó la escalera y subió a lo más alto…

Con la brocha pintó un sol radiante amarillo rey.

FIN

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Florencia

Me gustaría tener esa observación del vendedor y ese trato tan amable que da sentido al día del cliente. Un simple «nos vemos»….., es decir, te espero, aquí estoy. Elijo pensar que optó por vivir.

Sergio

Bello relato. Me hubiese gustado ser para mi padre lo que ese vendedor fue para Manuel. Comprenderás que me es imposible no emocionarme. Gracias.

Maria Fula

Me gustó mucho. El final muy creativo

Marlene

Lo hizo sentir tan importante q se hizo un sol.

Héctor Cuestas Venegas

Excelente la descripción y el suspenso que despierta. Verdaderamente hemos de sentir que somos importantes para alguien, que siempre habrá un saludo y un «hasta pronto». Siempre será más esperanzador que un frío «adiós».

R.R.

Muy buena observación Héctor. Es la intención del cuento. Gracias por tu comentario. «Hasta pronto», «vuelve pronto».
Te esperaremos acá con más cuentos. Está en el horno «Los huesos de mi padre».

Cecilia Saa

Siempre me he preguntado que piensa un suicida antes de llevar adelante su plan. ¿Piensa en quien será la primera persona en encontrarlo? ¿Se arrepiente cuando es demasiado tarde? Me encantó el relato. Me hace reflexionar respecto a nuestro rol pasivo como espectadores.

R.R.

Así es Cecilia. Yo me he hecho las mismas preguntas. Terrible escenario.

Areli

Ojalá el sol radiante no haya sido la metáfora del mas alla. Felicitaciones me encanta este cuento. Muy profundo… ice berg

R.R.

Gracias Areli por quedarte aquí algunos minutos. Interesante lo de la metáfora que mencionas.

Ruthy

Bonito relato, felicitaciones!. Ojalá existieran en este mundo muchos señores como este vendedor.

R.R.

Gracias por tu comentario Ruth. Toda la razón.

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