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EL FRUTO DE MI SECRETO

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Margarita no guardaba especial aprecio por su suegra, aunque, siendo justos, luego de su muerte germinó en su interior un profundo respeto hacia la memoria de aquella anciana que le heredó, entre las mofas de sus nueras: su carácter emprendedor, una vieja y gorda gata siamesa y una austera bolsa de terciopelo repleta de semillas. ¡Así es! se trataba de un montón de papelitos ilustrados con antiguos motivos que envolvían una variopinta selección de pepitas, granos y cuescos que la difunta recolectó a lo largo de su vida. Tesoro que su suegra legó a Margarita poco antes de morir frente al notario del pueblo, señalando: «heredo a Margarita, la más dedicada de mis hijas putativas, mi colección de semillas, el fruto de mi secreto».

Ante el regocijo del resto de los herederos que se repartieron entre codazos finas sedas, sólidas alhajas y delicada cristalería, Margarita aceptó el contenido de aquella bolsa con resignación; y luego de dos inviernos con sus primaveras y sus veranos, en los que Margarita se dedicó a sembrar su herencia, la recompensa a su esfuerzo floreció. De la oscuridad de la tierra emergieron deslumbrantes geranios, elegantes reinas luisas, vivos pensamientos, vendavales de lavanda y gigantes pelitres que cubrieron todo su jardín. Al cabo de los meses se corrió la voz por todo el pueblo que las rosas que Margarita cultivaba eran tan grandes como una lechuga, y que sus lirios de dos colores escupían gordos moscardones del tamaño de una nuez. La herencia de su suegra, que en el pasado fue motivo de burla, hoy se agitaba al ritmo del viento presumiendo vivaces colores.

Pero como en todo evento afortunado se camufla impía la desventura, ocurrió que entre las plantas que Margarita cultivó creció un extraño arbusto con un penetrante olor a azufre, más bien parecido a la orina de un chingue. La hortaliza cubrió una esquina completa del vivero de Margarita, echó raíces profundas y desarrolló un tupido follaje clorofílico. La mujer, preocupada y algo mareada por el olor que desprendía el arbusto, se entregó a la búsqueda de su nombre y procedencia consultando antiguas versiones del Almanaque de Espinosa en la biblioteca pública del pueblo. Desfilaban ante sus ojos descoloridas ilustraciones de hortalizas, frutos silvestres y flores tan exóticas como la orquídea Cara de Mono del Ecuador o la Drosera Regia, planta atrapamoscas originaria de Sudáfrica. Incluso se sabe que consultó el Novísimo Diccionario de la Lengua para dar con la identidad de aquella extraña planta de verde intenso, de hojas anchas en forma de estrella, con seis, nueve y hasta once foliolos ¡y nada! Carente de pistas para identificar el arbusto, un buen día Margarita decidió echarse a la boca una de sus hojas, y al cabo de rumearla unos minutos el jardín completo se volvió aún más reluciente y tornasol. Un sentimiento único de felicidad la desbordó, casi tan intenso como los orgasmos de juventud que yacían enterrados junto al cuerpo de su marido. Margarita se ruborizó al sentir su sexo lubricado luego de décadas de una abstinencia monacal.

La mujer mantuvo en silencio su hallazgo por algunas semanas hasta contárselo a Dinamarca, su prima. Fue esta última, de personalidad expresiva y más diestra que Margarita en cuestiones del agasajo y la broma, quien le sugirió una estrategia para vender el fruto de su secreto.  El negocio era sencillo: Margarita se dedicaría a secar al sol los cogollos de la planta, y Dinamarca los distribuiría entre sus más allegadas. La operación debía realizarse con total sigilo, recalcó Dinamarca, ya que todo emprendimiento requiere algo de discreción, bajo el riesgo de que la idea sea copiada por algún vecino poco creativo. Con el tiempo, Margarita había desarrollado una personalidad algo misántropa, por lo que el requerimiento de su prima fue fácil de cumplir. Y una vez a la semana la mujer recibía la visita de Dinamarca para abastecerse de mercadería.

—Cinco, diez, quince, veinte mil. ¡Veinticinco mil pesos! Esa es tu parte, Margarita —dijo Dinamarca, mientras anotaba con un lápiz grafito la repartición de la ganancia en una libretita toda raída.

—¿Tanto?

—¡Pues claro! Es el resultado de tu trabajo mujer. Guárdalo para que puedas cambiar el calentador de agua ¿acaso no me dijiste que la semana pasada casi explotó y que te llevaste el susto del año?

—Es cierto —razonó Margarita.

Recibió el fajo de billetes y lo guardó dentro de su sostén. No es que la jardinera soliera llevar dinero entre los senos, pero la visita inesperada de Dinamarca aquella tarde, la sorprendió regando las buganvilias, transportando de maceta las hortensias y colocando veneno para caracoles en su modesto, pero siempre reluciente criadero de plantas.

—Te dije que el negocio de las plantas iba a florecer —exclamó festiva Dinamarca guiñándole un ojo. Gesto cómplice que Margarita interpretó como una alabanza a su esmero.

 

El viento seco del verano, que se colaba por los pasillos de las viejas casonas de la aldea, sumergía a sus habitantes en un sopor colectivo. Margarita sorteaba la jornada bebiendo una limonada junto a Alfredo, el segundo de sus hijos, un agrónomo alto y circunspecto quien en una breve visita se había enterado del nuevo emprendimiento de su madre. Se la veía radiante a Margarita, atrás habían quedado aquellos años de necesidades y restricciones que matizaron la crianza de sus cinco hijos. Al momento de despedirse, antes de subir a su auto, Alfredo abrazó a su madre como un nogal que acoge entre sus ramas una pequeña tórtola, y desde la reserva que siempre lo caracterizó miró a los ojos de su madre y le dijo:

—Mamá, respecto a la planta que tienes al fondo del patio alcanzando el tapial, vas a ir y la arrancarás. Yo no quiero tener una madre en la cárcel.

La advertencia sonó en los oídos de la mujer como un llamado a la cordura. Se diría que se sintió algo abochornada por la solicitud de aquel hombre que un día emergió de sus entrañas, y que ahora la amonestaba como a una niña traviesa. Esperó a que Alfredo partiera en su auto rumbo a la ciudad. Observó impávida cómo se perdía dejando tras sí una nube de polvo, y luego de exhalar un suspiro (como queriendo espantar un fino hilo de nostalgia al constatar la rapidez con la que crecen los hijos), dio la media vuelta y caminó hasta el fondo del jardín. Una vez allí, se calzó los guantes de cuero y a pesar del dolor de su alma y el de su columna (sin claridad sobre qué le dolía más), arrancó de raíz aquellas matas pletóricas de abultados cogollos, casi tan grandes como un habano. Una tras otra fue acomodando las plantas hasta crear un fardo sobre una carretilla, las transportó hasta su horno de barro, y con ayuda de hojas secas de maíz les prendió fuego.

Testigos anónimos de esta breve crónica, sostienen que, desde la chimenea del horno de Margarita, emanaron espesos vapores alucinógenos que cubrieron el cielo de la localidad, y que una lluvia de verano refrescó la ladera durante la noche inoculando esteros y manantiales, trayendo alegría a cuanta criatura bípeda, cuadrúpeda, reptante o voladora bebió de ellos. Era tal el jolgorio a la mañana siguiente, que nadie pudo escapar al concierto de chirridos, balidos, gorjeos, bramidos, cacareos y carcajadas.

La cordura retornó al pueblo a los pocos días, y la inocente anécdota de la señora Margarita se la llevó el olvido para su bien y el de toda su progenie. Se cuenta que, en su reemplazo, la mujer cultivó frondosas amapolas cuyas semillas seleccionaba y mejoraba de año en año, y de cuando en vez bebía de la blanca savia de sus tallos mezclada con el té de las tardes, lo que hacía que sus dolores de artrosis cedieran y sus sueños fueran aún más reparadores. Los años pasaron, y en su lecho de muerte, Margarita convocó a toda su familia y le expresó su última voluntad recitando solemne:

—Heredo a Rosa, la más dedicada de mis hijas putativas, mi colección de semillas, el fruto de mi secreto— y murió.

 

 

 

FIN

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Ariel M Lopstein

Abelardo, me ha encantado. Tienes esa habilidad de enganchar al lector desde el principio. ¡Qué cuento tan mágico, bonito y sencillo a la vez! Enhotabuena.

Reyna

Es un cuento excelente porque afloran todos los afectos por la naturaleza pero ante todo por las personas. Gracias Abelardo, me gusta mucho tu manera de escribir.

Rogelio Cabadas

Un cuento muy entretenido, entre risa y curiosidad termine la historia

Javier Osorio

Me gustó mucho felicitaciones por tan buen cuento.

Alicia Neira Torre

muy entretenido, me hubiese gustado que fuera más largo.Creo que es un cuento al que se le pueden sacar miles de historias narrativas en torno al fruto de mi secreto. Felicidades al autor

Réjean Godin

J’ai adoré ton conte, très intéressant et touchant, car je crois que cela reflète le quotidien de beaucoup de gens . Le petit bout avec la mère et le fils est bon car le fils donne un très bon conseil à sa mère. Félicitations

Laura Moncada

Que hermoso cuento, de una relación suegra nuera que al no parecer no era recíproca, la vida de Margarita cambia en un estallido de colores y aromas y de una belleza estética de su jardín sin igual. Fantástica y divertida unión comercial con su amiga, gracias a los inesperados efectos de la maleza imprevista., que termina cuando Margarita deja su legado a su nuera más devota también. Se cierra el círculo. El cuento está lleno de simbolismos, es mágico y envolvente….Felicitaciones Abelardo!!

Justin

Excelente cuento ! Una sutil mezcla de humor, serio, cortesía y grosería también, muy divertido y fácil de leer. Súper recomendado.

Hector Molina

Me encantó, pensé en mi madre ahi cultivando esas semillas y viendo cómo florecía todo.

Felicidades Abelardo

Olga

Eché a volar la imaginación en el campo chileno, un cuento corto, pulcro, interesante, refleja la ingenuidad y travesura de esos usos de la planta en el campo. Felicidades Ave

Andrea

Agil cuento entretenido de facil comprension te felicito

Roberto Sepulveda

Bravo Abelardo!
Ligero, fácil de leer y muy muy simpático !
Qué originalidad con las hierbas ..te faltaron los hongos alucinógenos
Me gusto !

María Inés Vega

Sencillamente precioso. Me gustó mucho el fino humor y el desenlace que da pauta para comenzar nuevamente el relato hasta que llegue nuevamente la cordura.
La manera como se va produciendo el desaforo del relato que parecía tan templado, lo encontré fantástico.

Daniel Ramírez

Muy buen relato. Me gusta la atmósfera que genera y se me antoja el episodio de un relato mayor. Tiene misterio, color, aromas. Genera espectativa. La prosa es bella y tiene excelentes frases de conexión. Me gusta el subtexto. las imágenes que genera y los recuerdos que evoca.
Es, además, muy latinoamericano.
Felicidades.

ximena martinez

Fantastico cuento, me hizo reir mucho y soñar con el jardin y sus frutos inesperados!
Que ganas de encontrarme con un lugar asi, volaria hasta el infinito

Dafne

Como todos los relatos de Abelardo León, este me parece muy pulcro en cuanto escritura, coherencia, claridad. Me imagino contextualizado y no sé por qué se viene a mi propio imaginario una suegra que habita en la séptima región. Un gusto leerte, como siempre, . Te felicito por este nuevo nacimiento 🥰

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