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Duda razonable

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*(Finalista en XXII Festival de narración oral Verano de cuento, Tenerife)

Si no es porque llevo días encerrado en casa buscando el desinfectante nunca hubiera sabido que mi octogenaria madre tuvo un amante. No cabe duda, este par de zapatos de hombre talla cuarenta y tres guardados en su armario lo explica todo: sus sorpresivos cambios de ánimo, sus comentarios lascivos, sus cuchicheos a toda hora…

Y yo que la veía tan beata, tan concentrada en sus rosarios compartidos con la vecina. Sin duda fue ella quien le empalicó ideas sediciosas, como las de esas mujeres modernas que protestan mostrando las tetas en la tele.

Y no es que yo sea un reaccionario. ¡No, no, no! Que no se me malinterprete. Yo más bien me defino como un realista-moderado, ya que a los ochenta y cinco años la gente no está para andar frotándose contra otro cuerpo arrugado y seco. Es precisamente en estos casos en que el decoro adquiere relevancia moral.

Busqué en el baño, entre los artículos de aseo, y nada. Luego debajo del lavaplatos. Y después de haber dado vueltas por la biblioteca y el jardín busqué en la alacena. No vaya a ser que por un descuido la botella de desinfectante haya quedado camuflada entre la yerba mate y el azúcar. Pero tampoco estaba ahí.

De lo que sí estoy seguro es que no fue el cura. No es su celibato lo que me hace descartarlo ipso facto, sino su sabida debilidad por los muchachos. Ahora que estoy viejo no lo juzgo. Mi ateísmo prematuro — el que hoy veo como una bendición disfrazada—  me salvó de sus insinuaciones.

¿Busqué en la cajuela del auto?  Pienso en la cantidad infinita de lugares donde uno puede olvidar un artículo de aseo tan requerido durante una pandemia. Pobre vieja, mejor que se haya muerto antes de esta peste. Yo llevo días sin salir de aquí, y mucho menos ahora que no tengo el desinfectante.

Ya he descartado al carnicero. Mi madre nunca se hubiera metido con alguien pasado a carne. Por lo mismo descarté al de la pescadería. Podría pensarse que la odio por perturbar mi calma con este tipo de acertijos incluso después de muerta. Al contrario, el enigma despierta al detective en potencia que llevo dentro: al científico. Por cierto, también busqué detrás del televisor, y ni rastros.

¿Y si este amante furtivo se tratara de una relación más relevante de lo que creo? He sabido de amores que se prolongan por años, incluso a espaldas de esposos e hijos. ¡Eso es! ¿Cómo no lo pensé antes? Eso explica mi nariz recta y mi altura por sobre el metro ochenta. Es evidente que no heredé el fenotipo de su esposo —hasta hace unos minutos mi padre—: un hombre más bien mofletudo y bonachón.

Me enorgullezco de mi agudeza, aunque también debo —con justa modestia— reconocer que este hallazgo se trata de un descubrimiento casual. Una serendipia, solo posible a causa de las horas dedicadas a dar con la botella de desinfectante. La que por cierto aún no encuentro.

Mi entusiasmo se transforma rápidamente en abatimiento al ver frustrada mi pesquisa. Me inclino a pensar que estoy cansado. Decido postergar mi búsqueda por un momento regresando los zapatos donde originalmente estaban, y ¡eureka! Me encuentro con la botella de desinfectante. Celebro el hallazgo. Al fin podré salir al exterior.

Guardo los zapatos en el armario y el desinfectante en mi morral. Todo está en orden, salvo que ahora debo salir a buscar a mi padre.

 

FIN

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Cecilia Caro

Un relato que me gustó mucho por lo bien escrito por el descubrimiento del protagonista y la simpleza de una situación que puede ser tan reveladora que impacta, pero que a la vez te dice que hay que seguir con la vida normal y no te puedes quedar pegado en temas que ya pasaron. Ahora sin duda, hay cosas más importantes por las que preocuparse. Felicitaciones.

Daniel Ramírez

Vaya! Qué personaje escribiste, muy vívido. Al estar el relato en primera persona, se hace incluso más identificable: un tipo paranoico (¿a causa de la soledad y el encierro?), nervioso, un poco histérico y maniático, cuestionando su origen con un simple hallazgo. Ese par de zapatos genera interés al lector, más allá del interés que despierta en el protagonista. Como en general con los otros relatos, uno queda con muchas ganas de saber más.

Juan Carlos Perez

Excelente, es una delicia leerlo

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